Hace una semana Erandi y yo dejamos Amritsar. Despertamos temprano, agarramos la mochila y la maleta que compramos por muy pocas rupias y nos fuimos a la estación de tren. Es la primera vez que viajo en tren en India y fue toda una experiencia. Por fuera podría parecer una estación de camión en México, pero al entrar, todo es como si viajaras en el tiempo. El largo pasillo de cemento es la cama de aquellos que se quedan a dormir esperando a que llegue el tren, los iluminan las luces parpadeantes de la estación. Sin importar la hora, no deja de escucharse el altavoz anunciando las salidas y llegadas. El hedor a orina es fuerte y se percibe por todos lados pues se levanta con la fría brisa. En las bancas, están sentados o acostados mendigos con los miembros retorcidos, no se sabe si esperan a un tren o viven ahí. El tren parece como de la Segunda Guerra Mundial. Por dentro no tiene tan mal aspecto, los asientos son sucios pero cómodos, ligeramente reclinados hacia atrás para que puedas dormir en el camino, eso sólo si los gritos de niños, las voces continuas de los vendedores de Chai y el ruido del tren te lo permite.

Viajamos por más de 5 horas hasta Haridwar, de ahí tomamos un taxi de 800 rupias a Rishikesh, como a 20 minutos.
El taxi nos dejo hasta donde dejan pasar coches, de ahí en adelante sólo pasan los peatones, las vacas, los changos, los burros y claro, las motos, las reinas del tráfico, éstas tienen prioridad sobre todos, incluso sobre niños pequeños que cruzan la calle, los conductores de las motos pitan desde lejos y hay que moverse, así tengas que aventarte entre puestos de mercado.
Así es que ya estábamos en Rishikesh, Erandi y yo avanzamos sudorosas y cansadas cargando nuestras mochilas y maletas, avanzamos varios pasos sin hablar (muy raro en nosotras pues no nos para la boca), estábamos en verdadero shock, todo a nuestro alrededor era de yoga, meditación, tiendas con Budas, Ganesh, el Om por todos lados, la espiritualidad podía sentirse intensamente.
Llegamos al ashram y nos dijeron que nosotras estaríamos del otro lado del puente, el Lakshman Jhula, conecta las 2 partes de Rishikesh pasando por arriba del río Ganges, el río más sagrado (Holi) de la India. Yo no entendía por qué era sagrado hasta que lo vi, definitivo no cabe duda de que lo es, el color no es de un río sino como del Mar Caribe, en las orillas hay playa, como de Cancún, la corriente es fuerte, violenta, pero a la vez tranquila y especial, con sólo verlo se siente paz y magia.

 

Llegamos al ashram, nos recibieron con un “Namasté” que, para los que no saben, se usa para saludar, significa algo así como: “me inclino ante ti” es hacer una reverencia ante la divinidad que todos tenemos dentro. Nos llevaron a nuestro cuarto que está como a una cuadra, entramos y tal como esperábamos, parecía como si no lo hubieran limpiado desde que lo inauguraron así es que nuestro primer shopping fue de cosas de limpieza.
Después de limpiar y dejar más habitable nuestro cuarto, nos fuimos al ashram a cenar. Me formé en la fila, tomé una charola de metal, de esas como las que usan en la cárcel, y me serví de 4 cacerolas de metal lo que había para cenar: arroz con curry, verduras con curry, lentejas con curry y algo que no supe que era pero que tenía curry, en un vaso me serví té con muchas especies, picaba un poco, y después me senté en la mesa. A mi lado estaba Ash, un australiano que es todo un personaje, Katy, otra australiana y Sicilia, de Sud África, todos muy emocionados y listos para empezar al otro día.

Mis días en el Ashram son muy activos, nos despertamos para meditar a las 5:30 am, Swami Ji, el maestro, nos enseña pranayamas (técnicas de respiración) y métodos de limpieza, nos metemos agua con sal por una fosa nasal y sale por la otra, es una maravilla, hasta ahora sé lo que es respirar profundo y libre. Después tomamos té y desayunamos, tenemos tiempo para estudiar, nos preparamos para la hora y media de ashtanga yoga, después clase de Anatomía, filosofía, comemos, estudiamos, cruzamos el puente para ir a clase de meditación y terminamos con clase de Hatha yoga listos para ir a cenar deseando que haya algo que los occidentales podamos reconocer y disfrutar, muy raro pasa.

La gente dentro y fuera del ashram solo sonríe, canta mantras, practica posturas de yoga, medita, abraza, ayuda y disfruta. Estoy en un lugar rodeado de felicidad, no hay bares, el turismo que hay viene a hacer yoga y meditar así es que todos son tranquilos, caminan con sus morrales y tapetes de yoga, algunos descalzos y otros con chanclas, eso si, todos envueltos en cobijas por el frío, hace mucho aire en la mañana y en las tardes se pierde disfrutar muy rico el día. En las calles, en vez de gritar “tamales oaxaqueños” o “se compran colchones, lavadoras….” gritan con megáfonos mantras y cantos, de verdad este lugar es de no creerse.

Yo por mi parte, esto viviendo todas las emociones al mismo tiempo, los días se me pasan como agua, aprendo de los maestros, de las enseñanzas, de mí y de la gente, hay gente de todo el mundo y puedo ver claramente que debajo de nuestra piel, todos soñamos con las mismas cosas.
Pasé 10 días sola, reconectando con lo que soy e intentando dejar atrás cosas de mi que no me sirven, pero ahora al estar rodeada de tanta gente, me pasa que hay algunos que me caen mal, hacen o dicen cosas que me molestan, pero empiezo a darme cuenta que son aquellos que reflejan cosas de mi que no me gustan, que quiero dejar, así que son maestros, aprendo de ellos y así empiezo a cambiar. Lo esperanzador de esto es que cada vez menos de ellos me caen mal, y cada día me siento más ligera y más feliz.

Los domingos los tenemos libres así es que aprovechamos para hacernos un masaje y disminuir el dolor de cuerpo por hacer tanto ejercicio, estuvo delicioso y me siento muy relajada lista para dormir, así es que los dejo porque mañana empieza la segunda semana de este camino.

Escribiré pronto.

Bendiciones a todos.

 

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